viernes, 27 de enero de 2012

Excursión al hospital

Hora de salida: 16:20, hora de llegada 16:30. Bienvenida en recepción por todo lo alto con un asiento libre y el magnífico "Sálvame" en la televisión y la espera de una llamada para atender a mi hermano pequeño de diez años.
Con tosidos en la espalda, señoras mayores quejándose y llantos se oye por el altavoz el nombre del peque.
Entramos a otra sala de espera más pequeña, con más gente, con más niños y un calor agobiante se respiraba en el ambiente.
Tras dos horas el nombre de mi hermano es vuelto a mencionar por una señora extranjera con uniforme azul. Le mantienen en observación y finalmente le hacen una radiografía, lo llevan a una sala con dos niños más en la que le dicen que tiene que permanecer hasta que venga a verle un traumatólogo.
Durante esa espera, muchas personas pasaron por esa sala de espera de la que me sé los techos de memoria. Personas altas, personas bajas, personas de todos los colores y sabores. Personas, que van a pasar la tarde al hospital por un dolor de cabeza y se quejan de no ser atendidos, que retrasan el lento curso de los enfermeros.
Surrealismo era el adjetivo para definir el estado de esa sala, algo para escribirlo, algo para con mis manos, crear palabras y darle forma hasta que se antoje a la experiencia que viví esta tarde en una sala de espera.
A eso de las 21:20 un enfermero llega a vendar la mano de mi hermanito, que teniendo una fisura en el dedo anular, éste le venda de la muñeca hacia arriba dejando los deditos morcillosos de mi pequeño descubiertos. Tras una queja de mi padre, el enfermero le sujeta con dos tiras de  esparadrapo los dedos.
Anonadados quedamos al ver el resultado de semejante chapuza. El traumatólogo no tuvo otra cosa que decir que, si queríamos otro vendaje que se lo pusiésemos nosotros o le llevásemos a otro médico. Pues eso hicimos después de poner una queja en la admisión de la entidad pública del este nuestro magnífico Estado que nos lleva hacia un abismo del cual no tiene salida.
Fuimos hacia otro centro de salud del pueblo en el que nos atendieron a los cinco minutos de estar allí y le quitaron ese vendaje opresor y lo sustituyeron por uno en condiciones con el que está la mar de contento.
A las 22:50 ya estábamos en casa, con el estómago cerrado por una comida horripilante hospital, pero lo más triste de todo es, saber si esa queja llegará a algún lado o simplemente se amontonará en un cajón guardando humedad y que quizá dentro de unos años sirva para empapelar algo o se use como papel reciclado. Quien sabe, nos queda esperar, a algo, aún no sé a qué.

2 comentarios:

  1. Estoy muy de acuerdo con tu opinión sobre el mal servicio que se ofrece en los hospitales y encima nos esperan los recortes. Así que a saber cómo irá la cosa...

    Solo queda, como bien dices, esperar.

    PD: Ánimo, María, eres fantástica escribiendo! :D

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  2. Muy bien, srta. Salas. Desde luego reflejas bien lo que es pasar una puta tarde entre incompetentes.
    Sigue con el blog, y no pares nunca.

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